Por Jimmy Guevara
Es comprensible que quienes éramos niños o adolescentes en el pasado y nos involucramos en política apenas en 2018 miremos con nostalgia lo que ocurre en países como Costa Rica. Sin embargo, aunque algunos no lo crean, en Nicaragua el pueblo también libró batallas democráticas importantes. El problema siempre ha sido la traición de los propios políticos.
Recuerdo las pintas azules en los muros de los barrios que por todos lados decían UNO. Aquella movilización popular llevó a unas elecciones históricas que lograron sacar al sandinismo del poder en 1990. Lamentablemente, la traición llegó de inmediato: los gobiernos de la UNO, encabezados por Violeta Chamorro, dejaron al sandinismo como dueño efectivo del ejército y de la policía, y legalizaron gran parte de lo robado durante la revolución. Ese fue el camino que pavimentó el regreso de otra dictadura.

Violeta Chamorro y el dictador de Nicaragua Daniel Ortega
También recuerdo a la gente con garrote en mano durante las elecciones de 1996, cuando Arnoldo Alemán ganó la presidencia. El centro de votación quedaba al lado de mi casa (Las centros de votos se hicieron en casas particulares) y el pueblo se plantó allí, dispuesto a cuidar las urnas. El sandinismo hizo de todo para alterar los resultados: aparecían boletas quemadas en basureros, se denunciaban irregularidades y el caos era evidente. Aun así, la defensa tenaz del pueblo por sus votos le dio la victoria a Alemán sobre el sandinismo. El gran error vino después: Alemán robó a manos llenas y terminó pactando con Daniel Ortega, lo que consolidó el poder compartido entre ambos caudillos y nos condujo directamente a la dictadura actual.

Arnoldo Alemán y el dictador Daniel Ortega
La mayor expresión de democracia que ha vivido mi generación ocurrió en 2018, cuando miles salimos a las calles exigiendo ¡Que se vayan!. Estuvimos muy cerca de tumbar esa dictadura, pero nuevamente la traición de ciertos políticos frustró el cambio: optaron por blanquear los crímenes de lesa humanidad y buscar elecciones negociadas con el dictador en lugar de apoyar una ruptura definitiva.
Mi Nicaragua y su gente han luchado incansablemente por su democracia. Sin embargo, son los políticos —preocupados solo por proteger los intereses de unos pocos ricos y sus monopolios— quienes han impedido el cambio verdadero.
Hoy siento nostalgia al pensar en lo cerca que estuvimos la generación pasada y la nueva de derrocar ese sistema. Pero también me llena de esperanza saber que ese mismo sistema está cayendo a pedazos. Ahora somos capaces de señalarlo con claridad, incluyendo a los falsos opositores, sus medios de comunicación y ONG que pretenden —una vez más— traicionar al pueblo y darle un aterrizaje suave a un sistema que se niega a morir.

La derecha y la izquierda unida en Nicaragua para blanquear a la dictadura actual




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