El sandinismo, al igual que el chavismo, se consume en su propio mal

La reciente condena de Bayardo Arce por lavado de activos y defraudación al Estado, dictada por la justicia controlada por el régimen orteguista. Arce excomandante de la Revolución y asesor económico clave de Daniel Ortega, se ha convertido en el símbolo de las purgas que el poder dinástico de la familia Ortega-Murillo aplica incluso contra sus aliados históricos.

Esta “caída” no es un hecho aislado, sino la manifestación más visible de una corrupción generacional que ha erosionado los principios fundacionales del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Daniel Ortega y Rosario Murillo, que en sus orígenes se presentaban como líderes revolucionarios de extracción humilde, se han transformado en la nueva burguesía nicaragüense, acumulando riqueza y poder a través de mecanismos opacos de control económico y político. Mientras tanto, han logrado perpetuarse en el poder comprando lealtades: ya sea entre mentes débiles o menos críticas, o directamente entre los más corruptos dispuestos a todo por mantener su posición.

El episodio más ilustrativo de esta autodestrucción es el comportamiento de figuras como Marcio Vargas, propagandista sandinista de línea dura, quien ha arremetido públicamente contra la familia de Arce —llamando “criminales y corruptos” a su esposa y cuñado, e incluso pidiendo pena de muerte para ellos— en un intento evidente de congraciarse con el núcleo duro del régimen. Que un vividor del sistema ataque a otro miembro de la misma mafia sandinista demuestra la fractura: ya no se trata de buenos contra malos, sino de una lucha por supervivencia donde cada uno traiciona al otro para salvarse. El sandinista de hoy ataca al sandinista de ayer porque el miedo y la codicia han reemplazado cualquier resto de ideología compartida.

Esta dinámica contrasta con el caso venezolano del chavismo. Nicolás Maduro, pese a la crisis profunda, no ha cedido ante negociaciones directas que impliquen una intervención externa decisiva de Estados Unidos. En Nicaragua, en cambio, el régimen parece estar devorándose a sí mismo antes de que cualquier presión externa lo obligue a negociar o colapse. Las purgas internas —que ya han alcanzado a comandantes históricos como Arce, y que incluyen el aislamiento extremo en prisión, la huida de familiares al exilio y denuncias de deterioro físico— indican que la traición mutua es el mecanismo de preservación del poder.

No hay héroes en esta historia. Lo que presenciamos es el fin del sandinismo tal como lo conocimos: no por una revolución externa o una intervención militar, sino por su propia podredumbre. Cuando los leales se convierten en traidores y los corruptos en jueces de otros corruptos, el sistema se consume en su propio mal. El sandinismo, al igual que el chavismo en su versión más extrema, demuestra que el poder absoluto no solo corrompe: termina destruyéndose desde dentro.

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