La nueva generación y la lucha democrática en Nicaragua

El artículo publicado por La Sexta bajo el título “La gusanera fascista venezolana en España” no es una opinión polémica ni una crítica dura: es un panfleto de odio. Y como tal debe ser nombrado. No hay periodismo cuando se deshumaniza. No hay análisis cuando se insulta. No hay ética cuando se convierte a un colectivo entero en “gusanos”, “escoria” o “parásitos”.

Los migrantes que vivimos en España vemos esto no solo con indignación, sino con una inquietante sensación de déjà vu. Porque quienes hemos vivido bajo regímenes autoritarios sabemos exactamente cómo empieza todo: primero se señala, luego se estigmatiza y finalmente se justifica cualquier atropello.

Antonio Maestre no discute ideas políticas: construye un enemigo. Presenta a los venezolanos exiliados como una amenaza, como una infección ideológica que habría que erradicar. Y lo hace desde un medio que se autoproclama progresista, defensor de los derechos humanos y de las libertades. La contradicción no podría ser más obscena.

Resulta especialmente grave que se cuestione la concesión de asilo en función de la ideología. El propio artículo afirma que uno de los mayores errores del gobierno socialista ha sido “la laxitud” al conceder protección a venezolanos, a los que define como “una caterva de fascistas”. ¿Desde cuándo el derecho de asilo se concede solo a quienes piensan “correctamente”? ¿Desde cuándo huir de una dictadura requiere un certificado ideológico?

Siguiendo esa lógica, habría que concluir que millones de venezolanos refugiados en todo el mundo son, según este periodista, simples “gusanos fascistas”. Una afirmación no solo falsa, sino profundamente irresponsable. Y peligrosa.

La comunidad venezolana en España no es una caricatura fabricada en una redacción madrileña. Es una comunidad trabajadora, integrada y productiva. Venezolanos que sostienen hospitales, bares, restaurantes, empresas tecnológicas. Personas que pagan impuestos, cotizan, emprenden y generan empleo. Reducirlos a desechos humanos no es solo mentir: es incitar al desprecio.

Quienes escriben así parecen ignorar —o fingir ignorar— que ese mismo lenguaje fue el que utilizó el chavismo para justificar persecuciones, expropiaciones, cárceles y exilios. El odio no es una metáfora inocente: es una herramienta política. Y cuando se normaliza desde los medios, el daño es real.

No es casual, además, que este ataque se produzca en un momento en el que crecen las denuncias sobre las relaciones políticas y económicas entre el régimen de Nicolás Maduro y figuras relevantes del poder en España. Nada más cómodo que desacreditar al exiliado, convertirlo en enemigo y silenciarlo mediante el insulto.

Los venezolanos no están definidos por el odio. Precisamente porque ya lo han sufrido. La Sexta tiene una responsabilidad que no puede eludir. Publicar un texto que deshumaniza a toda una comunidad no es libertad de expresión: es complicidad. Y cuando el periodismo cruza esa línea, deja de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema.

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